Amigos nuevos

El tipo me obligó a modificar la ruta habitual para dejar de verlo. Cada sábado pasar por ese lugar me generaba malhumor. Por eso empecé a entrar a la feria de mi barrio no por el medio de la calle, ese espacio multicolor, sino por la vereda, por el patio trasero de los puestos.

Hace más de veinte años que vamos a esa feria. Habitualmente la recorríamos en pareja, para repartirnos la tarea de elección y volver antes a casa. Él se ocupaba de frutas y verduras, yo de quesos y antojos. Y esto funcionó siempre muy bien. Pero desde el momento en que Uruguay pasó al primer lugar del mundo en cuanto a muertos y contagiados , él se queda en casa hasta obtener la inmunidad prometida. Cargo yo el carrito y resuelvo todo sola en pocos minutos, sin ir hasta el final de la feria —cuatro cuadras más lejos— al puesto con mejor relación precio-calidad donde éramos clientes.

Antes hacíamos juntos todo el trayecto y yo iba fichando mis antojos para comprarlos a la vuelta, luego de valorar su aspecto. Alguna vez me detenía a la altura de uno de los pocos cajones con paltas Hass de todo el camino, para saber (tocándolas) si ya estaban a punto. Y siempre me ganaba un rezongo del vendedor, un chico rubio de unos treinta años dueño del puesto, alto y arrogante, quien me imponía elegirlas él mismo. No me caía nada simpático porque permitía tocar todo menos las paltas, aunque las colocaba bien adelante, al alcance de cualquier mano. A veces me convencía de comprarle, pero habitualmente no. Hasta que decidí borrarme y no circular más por allí.

Pero no pude deshacerme de él así nomás. Al pasar por la vereda de enfrente oía su voz fuerte y reconocible por el tono ascendente al final de cada frase, con el énfasis y exageración típicos del oficio. Van quedando pocos puesteros que vocean su mercadería, pero él, aun con un look de clase media, algún piercing discreto y sin delantal de fajina, muestra con orgullo su descendencia de padre feriante.

La pandemia determinó que hoy ese joven se haya convertido en mi vendedor de confianza. Se llama Andrés, usa tapabocas NK95 y su puesto queda en la primera cuadra de la feria, la más cercana a casa. Allí nunca hay clientes amontonados, y si alguien se me acerca demasiado, paso con mi carrito hacia el otro lado de las tablas. En unos minutos selecciono todo, porque él me va acercando las bolsas de nylon y luego me acomoda lo más pesado abajo del carro, para que no se dañe lo delicado.

Ahora Andrés y su mujer Laura son casi amigos míos. Resulté una buena clienta que compra para toda la semana y nunca más impidió que elija las paltas. Me trata como a una reina, sobre todo cuando le pregunto por Valentín, su chiquito, quien que le da nombre al puesto.

Cuando llegué esta mañana no habían terminado de colocar la mercadería en su lugar, a pesar de la hora avanzada, más cercana al mediodía que a la madrugada. Les tuve paciencia; me fui sirviendo sola arrancando yo misma las bolsas del rudimentario dispensador. Amontoné todo en un cajón hasta que Andrés pudo pesármelo, le pagué a su mujer, me despedí y les dije adiós. Andrés no me contestó; estaba a cuatro manos atendiendo a otra clienta y acomodando frutas.

Rescaté mi carrito y volví a casa caminando. Dos puestos más adelante oigo que de lejos me dicen «chau, señora». Levanté la mano sin darme vuelta, justo cuando una plantita de tomillo captó mi atención, en la esquina verde donde empieza la feria.

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Solo un cuadrado

Si tuviera que elegir un solo sabor del planeta Tierra no tendría la menor duda: el cacao. Y por quedarme con lo sublime, en estado sólido y amargo.

Mejora el estado de ánimo, ayuda a controlar la presión sanguínea, contiene antioxidantes, eleva el colesterol HD. Estos y otros efectos maravillosos se atribuyen al chocolate amargo, cualquiera lo sabe. Ocurre que en épocas de confinamiento es mejor olvidarlos.

En estos días tuve que disciplinarme porque la dosis diaria iba subiendo, con consecuencias desagradables y también desaconsejadas. No podía aumentar el número de visitas al supermercado, ni limpiar más astillas marrones sobre el teclado, ni sentir que desperdiciaba tiempo y dinero con la bicicleta fija. Tomé conciencia de seguir cuidando el peso.

Sin abandonar la frecuencia de mediodía y noche, luego de cada comida, puse en práctica una nueva rutina que se las aconsejo:

  • Antes que nada desprender solo una porción de la tableta y guardar el medicamento lejos del alcance de los niños.
  • Dejar que ese único trocito se deposite en la lengua, sin moverse de ese lugar central. No masticarlo por nada del mundo; se tiene que derretir lentamente entre las papilas.
  • Atención si estás escribiendo algo, o respondiendo un mensaje o leyendo un libro. Sobre todo en este último caso, la lectura suele sacar de ambiente y hacer olvidar el requisito anterior.
  • Transcurridos unos cuantos minutos, cuando casi no quedan rastros de la delicia en boca, la adicción comienza a pedir más. Pero el choco ya no está a mano.
  • Por unos segundos la vida parece perder sentido. Ahí es cuando te levantás de un salto para lavarte muy bien los dientes.

Y tras estos pasos calma, porque ya los cilios gustativos se limpiaron y la información fue enviada al cerebro. El llamado no vuelve a aparecer hasta la próxima comida.

* * * * * *

Claro que no todo el mundo piensa lo mismo sobre el chocolate amargo. Mirá:

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Ocio de novela

Imagen del artista belga Bardula

A estos larguísimos meses de teletrabajo y aislamiento en casa se sumó una mayor carga de tareas domésticas para la mayoría de las mujeres. En ese mar interminable encontré islas y abismos. Pasar la aspiradora, poner ropa a lavar, ventilar y tender la cama, ocuparse de los baños, no requiere mucho esfuerzo. Ya la limpieza de los vidrios va un paso más allá, no por complejidad de la tarea sino por la simple pereza de hacerlo. (Yo miraba los vidrios y los veía siempre limpios).

Todo lo anterior no me pesaba cumplir. Pero cuando llegaba la hora de la vajilla sucia sentía que había llegado el castigo, era como caer en un pozo. La lista de maldiciones y pensamientos negros que pasaban por mi mente no puedo rehacer, pero allí estaban. Hasta el día en que me acordé de La novela luminosa y su «Diario de la beca». Especialmente del pasaje sobre el «descubrimiento» de una forma ociosa de lavar los platos. ¿Qué hacía el amigo Levrero enfrentado a varios días de cocina sucia? Permitir que esa tarea fuera la más importante del mundo en ese momento. Olvidarse de la computadora, de la escritura, de los juegos on line, del Visual Basic. Concentrarse solo en los cacharros. Claro que Levrero los lavaría a las seis de la mañana, después de apagar su equipo y terminar la jornada, en tanto yo lo hago dos veces al día, en horarios de computadora siempre a la espera.

Bueno, esa vez decidí encarar el lavado de forma levreriana y funcionó, casi al pie de la letra. No fue precisamente ocio lo obtenido, pero no me costó mucho apartar todo otro interés de mi mente mientras metía las manos en el agua tibia.

Con el paso de los días fui aportando piques personales al método, para mejorar todavía más el resultado: seguimiento de la respiración (tipo meditación), postura corporal relajada, hombros hacia atrás, músculos de la cara flojos. Notable, no abandono más la técnica.

De paso me desmarqué de las otras mujeres enclaustradas del edificio: de la señora obesa de espalda encorvada que se mueve con dificultad frente a la ventana y de la mujer pálida muy preocupada por la privacidad, la que se asoma a tender la ropa con movimientos apurados y enseguida cierra la ventana y corre la cortina. En estos tiempos en que nos vemos mucho más seguido, solo separadas por un patio interior, las tres en los «cuidados pequeños», yo debo ser la inútil del quinto que pierde una hora entera para lavar cuatro platos.

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Otro virus

sarampion

Si mi hermana dormía en una cuna yo debería tener unos dos años y medio. Seguramente era de noche, cuando la fiebre sube. Todo se centraba en los 40 grados del sarampión que ella había heredado de mí. No había podido salvarse del contagio en un dormitorio compartido por los cuatro miembros de la familia.

Dicho así suena a historia de inmigrantes hacinados, o a realidades palpables en un cantegril. Pero nada de eso. El centro de la habitación lo ocupaba la cama de matrimonio con su gran mosquitero que le daba un aire de dosel. Y hacia cada lado se ubicaban mi cama y la cuna.

Supongo que el médico ya había estado y existía la experiencia anterior para tratar el virus; sin embargo allí se palpaba una preocupación de madre primeriza y esa sensación predomina en mi recuerdo más antiguo.

Ese era el primer cuarto de la casa entrando de la calle. Y como a esa hora ya no había movimiento en la ciudad, todo se prestaba para que dejara de empinarme sobre la cuna, volviera a mi lugar junto a la ventana y me durmiera.

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Vajilla inglesa

platos

Me gusta mucho un programa de la DW llamado Con sabor y saber. Lo veo los fines de semana, cuando intento alejarme del tema del momento. Su simpática conductora brasileña muestra siempre cuencos y platos comprados en mercadillos de Berlín y aconseja usar a diario esa vajilla antigua, con más belleza y color y menos costosa que la comercial.

Por la cuarentena no pienso ir a Tristán Narvaja a buscar algo parecido. Allí se aglomera mucha gente. Pero el consejo de Sabine me hizo acercar una escalera al estante donde guardo algunas piezas de losa inglesa de mi madre. No hay cuencos ni sopera, pero quedan unos preciosos platos hondos que puse en circulación para las sopas y comida de olla.

Esos platos formaban parte de un juego completísimo que en mi casa natal nunca se guardó para las ocasiones. Se fue usando. Como resultado, una salsera divina —llevada una vez a la semana al almacén para traer dulce de leche— se hizo astillas en la calle, a pocos pasos de casa. Y las piezas grandes, ensaladeras, tasas de té y platos de postre se escurrieron de manos enjabonadas o fueron servidos en bandeja… al piso.

Nunca se me ocurrió recuperar alguna parte de esa vajilla buscando en ferias o en casas de remate, hasta que un día tuve un encuentro inesperado con numerosas piezas del mismo modelo de losa, bastante lejos de Montevideo. Un sábado a mediodía estábamos caminando por Santo Antonio de Lisboa, en Floripa, y en una casa de playa convertida en tienda de antigüedades nos detuvimos a mirar la vidriera, a pesar de que el negocio ya había cerrado. Desde afuera pude ver, ocupando un lugar destacado sobre una mesa, por lo menos seis tazas de té con sus platitos, de estampado idéntico al mío. Pero se me presentó este hilo de contratiempos: la casa, cerrada; fin de semana; regreso a casa al día siguiente; material pesado y frágil para transportar, posiblemente caro. Tenía todo en mi contra. Miré mi soñado juego de té un rato más y retomamos la recorrida por el pueblito de casas azorianas.

Esa losa de fondo amarillo pálido de mi familia había tenido un uso curioso cuando todavía se mantenía completa. Una tía se la pedía a mi madre para celebraciones especiales de la iglesia, cuando ella cocinaba exquisiteces y quería que lucieran sobre manteles de hilo.

Ahora lució con un rico guiso de lentejas en uno de los primeros días fríos de este otoño. Allí le mostré a Enrique cómo algunos platos conservan las iniciales de mi madre en el reverso, el recaudo para que a las mujeres de la iglesia no se les dificultara devolverlos.

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Tres casas

Garzón735

Conocí de cerca a mujeres que vivían en cuarentena permanente. Algunas por viejas, tal vez, pero todas habían sido confinadas por los hombres de la familia.

Vivían en las tres casas frente a la mía, en viviendas que presentaban otra característica común además del encierro de sus mujeres: pertenecían a familias de estancieros.

A las tres se accedía por una pequeña escalinata y adentro la disposición similar de sus habitaciones resultaba asombrosa. En cuanto a dimensiones y calidad arquitectónica diferían por completo.

Mirando la más grande —una casa pretenciosa en cuanto al volumen pero con fachada de ladrillo común, de un rojo sucio muy diferente al ladrillo vista—
se notaba el origen social de sus dueños. Dos balcones y una puerta alta y pesada eran las dos aberturas de la fachada, pero solo se abría la puerta de acceso. Jamás se asomaba nadie a los balcones y nunca vi sábanas ventilándose. La casa olía a encierro.

Conocí a esos vecinos cuando ya el pater familias no vivía y sus herederos habían vendido el campo. Se instalaron en la ciudad la señora y sus dos hijos, veteranos y solteros. Vivían literalmente encerrados. Él único que se mostraba cada tanto era Pocholo, un flaco encorvado, de pelo lacio y engominado y poblados bigotes negros. Salía a fumar a la puerta y era el que hacía los mandados.

Doña Nena era una vieja rechoncha, de andar pesado. Ocupaba el dormitorio principal, al frente, y apenas se desplazaba algunos metros dentro de la enorme casa. Tal vez no le gustaban los niños, porque jamás nos dirigía la palabra.

La otra habitación con balcón al frente era el comedor, con buenos muebles de roble jamás usados porque la rutina familiar se desarrollaba al fondo. Una galería ancha, con alero y columnas, se enfrentaba a las habitaciones de los hijos, a la cocina y a un baño. Allí transcurría la vida de los hermanos, junto a un loro enjaulado y algunas desprolijas latas con plantas.

Para no extrañar el campo habían dejado que creciera pasto alto, arbustos y maleza en toda la extensión de un amplio patio a un nivel inferior, a continuación de la entrada de garaje y esa era la única vista desde la galería. Más de una vez me cuidé de no llegar hasta el borde por temor a terminar en la selva. De niña me quedaba allí mirando al loro y esperando que María Teresa —la otra mujer oculta de la casa— me entregara alguna prenda que llevábamos cada tanto para ser arreglada.

Doña Nena y sus hijos jamás se visitaban con sus vecinos de al lado. Tanto ellos como los otros permanecían aislados en su parcela, como cuando vivían en el campo. El “distanciamiento social” era tan profundo que vivir en la ciudad no pudo aportarles una experiencia de vida diferente.

* * * * * *

Pero por suerte en la casa de al lado había una niña de la misma edad que yo. De modo que tuve la oportunidad de cruzar siempre que quisiera, de jugar allí y de curiosear sus ambientes. Una señora muy anciana, la dueña de casa (Clementina); un hijo veterano y soltero, desocupado (Casildo) y una nieta huérfana de madre (Marita) formaban el trío de vecinos.

Para esta niña los Reyes no eran los padres, ni la abuela ni el tío. Eran las madres vecinas. Estos estancieros todavía tenían campo y de él se ocupaba el padre de Marita, pero a mí me parecía que nunca tenían plata.

Avanzando desde el frente, mientras atravesaba las habitaciones de tres puertas (las que unían una pieza con la siguiente y otra hacia la galería) ya podía sentir el olor a guiso que venía de la cocina. Bien al fondo, ese era el lugar donde Clementina pasaba su cuarentena.

Sigo recordando cada tanto a mi amiga de la infancia. Y también a su tío, quien nos daba cuadernos para que dibujáramos. Me gustaban unos de tapa dura ya usados antes, donde alguien de muy buena caligrafía había hecho anotaciones diarias de todo lo que pasaba en el campo hacía mucho tiempo: hora de salida del sol, hora del crepúsculo, cantidad de lluvia caída y algún otro evento o recordatorio de interés agropecuario.

A ese tío desocupado le gustaba dibujar y colorear. No creaba nada sino que copiaba láminas de pájaros a la perfección. En el cuaderno diario apareció una vez un cardenal de su autoría, con gran riqueza de colores en el plumaje.

En esta casa reinaba el patriarcado y todos habían sido marcados por aquel lugar sin luz ni teléfono ni entretenimientos —como había sido el campo hasta entonces— donde la mujer debía ser fuerte y conformarse con pocas opciones para actuar y sentir. El padre de mi amiga solo venía una vez al año a la ciudad. Yo me preguntaba entonces si solo en esa oportunidad llegaba el dinero para que sobrevivieran mis vecinos.

Pero bueno, estábamos en la ciudad donde había luz eléctrica. De manera que un día —ya en la adolescencia— mi amiga logró enternecer a la abuela para que le comprara un pequeño tocadiscos. Al comienzo solo tuvo un disco y lo escuchaba una y otra vez a todo volumen. Había puesto el equipo en la galería que quedaba bien visible desde mi casa cuando los vecinos dejaban abierta la puerta de calle. Porque estos paisanos vivían en cuarentena, pero con la puerta y las ventanas bien abiertas.

“Viejo, mi querido viejo…” es la última imagen sonora que me quedó de Marita al mudarme al sur.

* * * * * *

Dejo para el final la casa más amigable, la de entrañables mujeres con quienes nunca perdí contacto. En algún momento se decidió que la familia viviera en la ciudad y el padre en el campo y así se repitió el esquema de los otros vecinos: la señora se queda en casa a cuidar de los hijos, no sale nunca a la calle y puertas adentro construye su hogar. Y este era mantenido por alguien que aparecía cada tanto en un vehículo poderoso y sucio.

El señor pasaba meses sin venir a la ciudad. La estancia quedaba lejos, el basalto era despiadado con los neumáticos y la nafta cara. Igual, los hijos tenían a la madre. Y esta era una madraza, tanto con sus cuatro niños como con las dos de enfrente.

Irma era una gran cocinera y coleccionista de libritos Royal. Esperaba con expectativa el próximo ejemplar, mientras probaba recetas e iba repartiendo exquisiteces y cariño. Y el día del pan casero era una fiesta: cortaba trozos de su masa suave para que cada uno hiciera su propia versión de muñecos y animalitos que luego daba pena comerlos.

Que su mesa estuviera bien provista dependía no solo de ella sino también de sus hijas. Eran tres para hacer los mandados.

Por qué nunca salía a la calle esta amorosa mujer es algo que todavía me pregunto. Tal vez decidió replegarse el día en que el señor de la camioneta polvorienta eligió quedarse a vivir con su otra familia del campo, con su otra mujer y sus otros hijos.

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Anticiparse

Me enteré por la radio del auto que había aparecido el primer caso de coronavirus. Venia por Agraciada rumbo al centro y cuando me enfrenté al intercambiador del Palacio Legislativo elegí la opción que me acercara a Tres Cruces.

No esperé que nadie me lo dijera; asumí de entrada que debía alejarme del maldito. Y para ello podía tomarme un bus en la terminal o seguir conduciendo el auto hacia un lugar seguro. Sin analizar el tema debido a la urgencia, decidí lo último y me desvié del camino más corto, el de Arenal Grande y luego Muñoz. Me metí por otra calle ancha de tránsito fluido, que me llevó en pocos minutos a un lugar desconocido, muy lejos de todo.

Las recomendaciones sanitarias del gobierno vinieron después, pero ya me estaba adelantando al consejo principal de aislamiento.

Detuve el auto y abrí la cartera para consultar el Waze en el celular. Mientras revolvía entre llaves, billetera y documentos, sentía que alguien abría una de las puertas traseras. Intento usar el botón para trabar todo, sin éxito. Cuando miro nuevamente por sobre mi hombro, se me habían metido dos hombres jóvenes, dos niñas y una veterana gorda, todos en el asiento de atrás.

A pesar de la sorpresa, no puedo dejar de buscar mi celular, pero me encuentro con el aparato que usaba antes, un Samsung más chico en el que no tenía cargado el Waze. Pregunté a la familia de atrás dónde estábamos y me contestaron en forma imprecisa: en las afueras de Montevideo. Nadie me habló del punto cardinal, pero algo me decía que estábamos al este.

Seguían todos a la espera de que encontrara mi teléfono móvil actual. Finalmente aparece y comenzamos a andar. Se me cierran los ojos de sueño y soy consciente de haber doblado en una esquina sin reparar si venían autos por esa otra calle. A la media cuadra paré para refrescarme la cara y consultar el Waze.

Por lo visto mis acompañantes tenían por costumbre ocupar espacios ajenos, porque no quisieron esperarme, se bajaron allí mismo y se metieron en una casa grande de puertas abiertas, decididos a hacer un descanso. Como una autómata los seguí, y mientras ellos se duchan y comen, me pongo a lavar las alfombras del auto, a pesar del escaso hilo de agua que salía por una canilla. El protocolo sanitario se me estaba activando ya en una segunda fase, la de desinfección.

Cuando termino, veo que la señora gorda conversa con otra sobre algo delirante y pienso cómo registrar esa charla para usarla en un cuento. Uno de los hombres me habla y le comento que hasta ahora no había sentido miedo por lo del virus. Él balbucea unos consejos desganados sobre la situación de emergencia, pero no le interesa conversar conmigo; solo necesita que los lleve a alguna parte.

Decidimos partir nuevamente. Escribo Tres Cruces en Waze y la familia se burla. No importa adónde me dirijo yo; ellos van a la Estación Central de AFE y así me lo hacen saber. Acepto llevarlos y asumo así el tercer punto de las situaciones de catástrofe: la solidaridad.

Enfilo hacia el refugio de los okupas, mientras atrás los hombres inventan un juego de palabras para entretener a las niñas.

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Sin lugar

banco_Puerto Concordia

La materia pendiente quedó como tal. No llegó al examen.

Por si algún día se me ocurre insistir sobre un tema que no parece interesar a nadie —la gestión de archivos personales— dejaré algunos post viejos publicados.

Algunos términos quedaron en el olvido; ya no se habla de nativos digitales ni de sabiduría digital, ambos acuñados por Marc Prensky. Sucede que el desarrollo de las redes sociales llevó a que tanto los nativos como los inmigrantes digitales se convirtieran en su gran mayoría en meros consumidores de contenidos. Y observé que no les interesa buscar una forma de archivar o clasificar algún documento, artículo de prensa o imagen que pudiera servirles más adelante.

Tal vez la gestión de información «pasó de ser una práctica singular a una práctica sin lugar», como dijo Milán de la poesía, en épocas de la pandemia global.

Pero esto no tiene ninguna importancia. Sí importa que cada día más jóvenes elijan el lenguaje de la programación y aprovechen las herramientas de aprendizaje que el sistema educativo uruguayo les ofrece. Y que ya en la primaria se trabaje actualmente en Pensamiento Computacional con niños de entre 10 y 12 años. Vamos por el buen camino.

Ahora este blog pasa a otra etapa de futuro incierto. Llegó el COVID-19 y usaré este espacio para publicar algo que surja del confinamiento, sin pretensiones de enseñar nada.

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Materia pendiente

No estuve nunca en ese estudio de abogados montevideano que se ubica muy bien en el ranking de los más famosos del planeta. Casualmente estuve en estudios menos glamorosos de profesionales de mediana edad: paredes forradas de madera, libros, carpetas y —haciéndose lugar entre todo ese mundo de papel— alguna PC. Y dentro de ella unos pocos programas; ningún software de gestión documental, ni de código abierto ni propietario.

Por otra parte, los abogados más jóvenes de los estudios, las secretarias y procuradores, concurren a las «barandas» con las populares hojas de trámite. De modo que la gestión —tanto la relacionada con la parte judicial como con el resto—muy probablemente tenga una doble vida: software y papeleo. Porque al abogado tipo le gusta «manosear» los papeles.

Dedico entonces este post a ese abogado tipo y no al número indeterminado de estudios que emplean software de gestión.

Sabido es que desde hace unos cuantos años estos profesionales han permitido que la computadora colabore en su trabajo y los ayude a buscar textos legales, tanto por Internet como en bases de datos especializadas.

Noté que esa tarea de búsqueda les resulta muchísimo más exitosa que la de archivo de los materiales empleados en los juicios. Y esto es así por una razón muy sencilla: para la búsqueda no tienen más que usar una interfaz —concebida por otros— que los interroga. Escriben allí el número de la ley o alguna palabra clave y el texto aparece.

Pero a la hora de guardar sus escritos, no cuentan con un sistema diseñado previamente y nada está más lejos de su cabeza que un árbol de carpetas y subcarpetas para colocar allí la colección de documentos de un caso complejo. Llegado el momento de codificar archivos les asignan cualquier nombre, no uno significativo que colabore para una posterior recuperación.

¿Y qué ocurre cuando necesitan buscar un documento escrito bastante tiempo atrás?

Sucede algo que presencié repetidas veces: tras decenas de clics aquí y allá sin ningún resultado, por cansancio deciden comenzar el trabajo desde cero, en lugar de reutilizar otro al que solo se debería practicar ligeros cambios.

¿Cuál es la solución para manejar la información con más eficiencia en una situación laboral como esta?

La misma que para el periodista, la misma que para el docente: tomar conciencia de que existe una materia común que todos debieron haber cursado en algún momento. «Disculpe —me dirían—, yo obtuve mi título sin deber ninguna materia».

Y está claro: esa materia no existe —salvo en el área específica de la bibliotecología o la archivística — pero podría llamarse Introducción a la gestión de información personal y debería ser considerada una competencia genérica, por lo menos para todos los egresados de una carrera de nivel terciario.

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Fácil acceso

Foto: Archivo de la Biblioteca del Congreso de EE. UU.

Por suerte en la prensa escrita muchos periodistas ya manejan CMS;  no entregan más su archivo de texto al editor. Pero de acuerdo a una «encuesta» que realicé recientemente, la mayoría aún no utiliza esos gestores de contenido y mucho menos tiene conocimientos de SEO (posicionamiento en buscadores).

Lejos de estas destrezas actuales, en el momento de comenzar a escribir una nota una gran parte de ellos usa solo algunas herramientas informáticas básicas. Si su tarea es escribir, ¿necesitan algo más que un procesador de texto?, podría preguntarse alguien.

Por esa imagen de racionalidad y orden de la informática, es muy probable que la sientan como algo radicalmente distanciado del periodismo. Y lo está, pero no vendría nada mal una dosis de ambos ingredientes para trabajar con más comodidad y mantener la mente clara.

Tras largos años de compartir oficinas y tareas con periodistas —como correctora o gestora de información— se me ocurrió hacer un punteo de algunas habilidades que muchos de estos colegas ignoran o simplemente se han negado a incorporar, por no gastar un rato de su tiempo en conocerlas.

Y aquí las enumero:

1.    Tener un rápido acceso a cada software que se va a emplear. Claro que se escribe en un procesador de textos, pero para documentarse o para consultar un diccionario se recurrirá al navegador. O se guardó datos en una plantilla Excel —por decir algo— y ya tenemos tres programas abiertos.

Es necesario que estas aplicaciones estén «a mano» para evitar largos recorridos desde el menú de inicio. Tres clics son excesivos para llegar hasta un programa. Cuenten, si no: Inicio/clic >> Todos los programas/clic >> Word/clic).

El acceso directo desde el escritorio es una opción, aunque mejor aún son los atajos de teclado: de ese modo se puede abrir cada programa con una sencilla combinación de teclas, como si se ejecutara un acorde musical. (Algo que se puede concretar en cualquier momento, desde cualquier ventana).

Si no es posible configurar estos atajos por uno mismo —algo muy sencillo en una computadora personal— se debería pedir ayuda al administrador, cuando se trabaja en un entorno de red.

2.    Tener una idea clara del árbol de carpetas del equipo, algo que abreviará el paso de guardar un trabajo y recuperarlo más tarde. Identificar bien los íconos para desplazarse entre las carpetas y personalizar la forma en que estas y los archivos se organizan; así los últimos documentos usados se listarán primero.

3.    Estrechamente vinculado con lo anterior, personalizar al máximo el procesador de texto y saber buscar dentro de él.

Ello posibilita no solo usar con comodidad todas las herramientas de edición sino también ir de un solo paso a la carpeta contenedora (el directorio donde guardamos los archivos) y no tras una serie de clics, como en el caso anterior.

Esto no implica más que cambiar unos escasos parámetros del menú de opciones, mientras el beneficio en ahorro de tiempo es superlativo.

4.    Tomarse el tiempo necesario para conocer la función de todas las teclas y las combinaciones que forman los atajos más eficaces y aprovechables.

Ignorar el ratón en procedimientos rutinarios nos ahorra unos cuantos pasos y algunas contracturas musculares. (1)

5.    Dominio de navegadores y buscadores. Una vez que se optó por un navegador (Firefox, Chrome, IE Explorer, Opera) es imprescindible conocerlo en profundidad.

Organizar los marcadores (o favoritos); agregar algunas extensiones útiles a Firefox (2); limpiar la barra de herramientas para que muestre solo las usadas realmente, y el uso de atajos de teclado (3), hacen a un uso eficiente del navegador.

Y en cuanto a buscadores (ej. Google, Yahoo), solo si se pone en práctica buenas estrategias de búsqueda se evitará el ruido y se obtendrá resultados relevantes. Acudir sin pereza a la búsqueda avanzada es una buena opción.

Notas

(1)
CR+G: guardar
CR+E: seleccionar todo
CR+C: copiar
CR+X: cortar
CR+V: pegar
CR+B (o CR+N): negrita
CR+I: cursiva

(2)
De Firefox, recomiendo FavLoc (te permite elegir dónde guardar las descargas de páginas o archivos adjuntos ), EvernoteScreengrab y Zotero.
¡Ah! Y la barra de herramientas de Google siempre visible en cualquier navegador, por favor.

(3)
Atajos de teclado para Firefox

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Afinidades circunstanciales

Foto: Javier Calvelo/ adhocFotos (2010)

¿Qué tienen en común un abogado, un periodista, una maestra del Plan Ceibal, un estudiante universitario y un investigador?

No alargo la enumeración de profesiones para dejarles alguna tarea. Y porque con estos ejemplos ya me alcanza para mostrar cómo ciertos hábitos no pertenecen solo a los inmigrantes digitales.

En la búsqueda de características comunes podemos señalar las más evidentes:

  • Todos trabajan y procesan cantidades importantes de información. (Por favor, ahórrenme el trabajo de definir información, que este no es un blog académico).
  • Con mucha suerte, la mitad de los nombrados realizó algún curso de ofimática básica; el resto se valió de tutoriales o del imprescindible método de ensayo/error.
  • El formato de sus materiales, muy posiblemente sea de texto en su gran mayoría y todavía más: es muy probable que casi todos usen la comunicación escrita para dar a conocer su actividad, aunque no hayan sido formados en esa competencia específica.
  • A menos que trabajen en una gran empresa, todos se valen de suites ofimáticas (con software propietario o libre) como herramientas de trabajo, entre otras razones por el alto costo de un programa de gestión.
  • Todos cuentan con un tiempo acotado para cumplir con el proceso de recolección (o producción propia), archivo y reutilización de la información manejada.

    Ya encontramos varios rasgos en común, ¿verdad?

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Sobran recursos

Me formé como docente de educación secundaria y no soy nativa digital. Como estudiante fui bastante ordenada y tal vez hoy mismo pueda buscar y encontrar en pocos minutos algo que guardé en papel hace décadas.

Seguramente a pocos suceda lo mismo, pero eso carece de importancia.

En el post anterior traje a colación el tema de los recursos y ello no fue casual; estamos viviendo en Uruguay un momento especialmente estimulante por el alto nivel tecnológico alcanzado, que nos sitúa detrás de Chile en América Latina, con casi un 40 % de penetración de Internet.

Aumentó la conexión a Internet en los hogares y en las aulas (el Plan Ceibal nos otorga visibilidad casi tanto como el fútbol); bajan los precios y proliferan las facilidades para comprar equipamiento informático, mientras nos habituamos a ver en el barrio no solo a niños con sus ceibalitas, sino a obreros de la construcción que en su descanso del mediodía entran al cybercafé a revisar su correo. (Y no pienso dedicar espacio al tema redes sociales por la sobreabundancia de información y opinión al respecto).

Felizmente esos cambios están siendo acompañados por programas de inclusión digital ofrecidos por el Ministerio de Educación y Cultura en sus Centros MEC.

¿Tenemos entonces todos los problemas resueltos? De ninguna manera; recién estamos empezando a encararlos y esto es así en todos los ámbitos, desde el vecinal o barrial al universitario.

Pero por fuera de las estructuras educativas gubernamentales, hay todavía un espacio poblado por profesionales de diferentes áreas que muchas veces no son conscientes de su carencia de habilidades digitales. Sucede que aún no se implementaron instancias para evaluarlas casi a ningún nivel, más allá de la creencia generalizada de que el dominio de la computadora (tras breves cursos guiados por informáticos) conduce naturalmente a competencias más específicas.

De manera que al pensar los contenidos de este blog decidí partir precisamente de ese punto: el momento en que una persona ya «iniciada» —dejando de lado en qué área se desempeña— se propone usar su computadora para producir, recabar y guardar información.

¿Cuál es mi propósito? En primer lugar ver qué tienen ellos en común y luego aportar algunas ideas de cómo gestionar información en forma eficiente.

Insisto en lo que dije al principio: mi formación se dio en terrenos alejados de la informática al comienzo (docencia) y más cercanos después, pero siempre dentro de las ciencias sociales. Entonces, solo me voy a ocupar de un uso social de ciertas herramientas informáticas. ¿Me siguen?

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Gesto y gestión

Photographer: Ric Tang | Agency: Leo Burnett, Singapore | Creative Director: Steve Straw | Art director: Weeloi | Copywriter: Cheelip | Illustrator: Felix Wang |

Photographer: Ric Tang | Agency: Leo Burnett, Singapore | Creative Director: Steve Straw | Art director: Weeloi | Copywriter: Cheelip | Illustrator: Felix Wang |

Cada tanto recuerdo un episodio que me pasó hace quince años, una vez que fui a donar sangre. Si bien estaba habituada a hacerlo, justo atravesaba un período de fobia a las agujas. (Había sido testigo de miles de pinchazos inútiles en las venas de mi madre).

En esa oportunidad tuve que prepararme psicológicamente como donante, aunque con poco éxito por dos motivos: no pude aflojarme nunca mientras duró la espera y cuando por fin me llamaron para comenzar con las preguntas de rigor, solo tuve que responder a una. ¿Grupo sanguíneo? A positivo. ¡Ah, de ese tenemos mucha! Puede irse.

Algo similar me pasa cuando ofrezco buenas prácticas para la gestión de información personal. Nadie las necesita. Este es el tipo de respuesta que frecuentemente recibo:

Dejame así; yo tardo pero llego.
Compramos un software de gestión súper.
Tengo mi propia estructura de carpetas y allí va a parar todo.
Acá todos tomamos clases de informática.

Pero uno sin querer ve cómo se trabaja en algunos lugares. Efectivamente cuentan con todo el equipamiento, los programas más caros, asesores y el mejor soporte técnico. Recursos es lo que sobra. Sin embargo se ahogan en la información —antes todavía de adentrarse en el mar de Internet—, dudan, se agobian, pierden tiempo, transpiran.

Viendo a tanta gente en esa sala de espera, sin saber que tienen anemia pero pidiendo una transfusión a gritos, es que se me ocurrió abrir este blog. Como aquella vez, no sé si servirá lo que intento hacer aquí: ir mostrando quiénes pueden beneficiarse de la gestión de información personal, o mejor, qué profesionales pueden sacar mejor partido de ella.

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