Materia pendiente

No estuve nunca en ese estudio de abogados montevideano que se ubica muy bien en el ranking de los más famosos del planeta. Casualmente estuve en estudios menos glamorosos de profesionales de mediana edad: paredes forradas de madera, libros, carpetas y —haciéndose lugar entre todo ese mundo de papel— alguna PC. Y dentro de ella unos pocos programas; ningún software de gestión documental, ni de código abierto ni propietario.

Por otra parte, los abogados más jóvenes de los estudios, las secretarias y procuradores, concurren a las «barandas» con las populares hojas de trámite. De modo que la gestión —tanto la relacionada con la parte judicial como con el resto—muy probablemente tenga una doble vida: software y papeleo. Porque al abogado tipo le gusta «manosear» los papeles.

Dedico entonces este post a ese abogado tipo y no al número indeterminado de estudios que emplean software de gestión.

Sabido es que desde hace unos cuantos años estos profesionales han permitido que la computadora colabore en su trabajo y los ayude a buscar textos legales, tanto por Internet como en bases de datos especializadas.

Noté que esa tarea de búsqueda les resulta muchísimo más exitosa que la de archivo de los materiales empleados en los juicios. Y esto es así por una razón muy sencilla: para la búsqueda no tienen más que usar una interfaz —concebida por otros— que los interroga. Escriben allí el número de la ley o alguna palabra clave y el texto aparece.

Pero a la hora de guardar sus escritos, no cuentan con un sistema diseñado previamente y nada está más lejos de su cabeza que un árbol de carpetas y subcarpetas para colocar allí la colección de documentos de un caso complejo. Llegado el momento de codificar archivos les asignan cualquier nombre, no uno significativo que colabore para una posterior recuperación.

¿Y qué ocurre cuando necesitan buscar un documento escrito bastante tiempo atrás?

Sucede algo que presencié repetidas veces: tras decenas de clics aquí y allá sin ningún resultado, por cansancio deciden comenzar el trabajo desde cero, en lugar de reutilizar otro al que solo se debería practicar ligeros cambios.

¿Cuál es la solución para manejar la información con más eficiencia en una situación laboral como esta?

La misma que para el periodista, la misma que para el docente: tomar conciencia de que existe una materia común que todos debieron haber cursado en algún momento. «Disculpe —me dirían—, yo obtuve mi título sin deber ninguna materia».

Y está claro: esa materia no existe —salvo en el área específica de la bibliotecología o la archivística — pero podría llamarse Introducción a la gestión de información personal y debería ser considerada una competencia genérica, por lo menos para todos los egresados de una carrera de nivel terciario.

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