Vajilla inglesa

 

platos

Me gusta mucho un programa de la DW llamado Con sabor y saber. Lo veo los fines de semana cuando intento alejarme del tema del momento. Su simpática conductora brasileña muestra siempre cuencos y platos comprados en mercadillos de Berlín y aconseja usar a diario esa vajilla antigua, con más belleza y color y menos costosa que la comercial.

Por la cuarentena no pienso ir a Tristán Narvaja a buscar algo parecido. Allí se aglomera mucha gente. Pero el consejo de Sabine me hizo acercar una escalera al estante donde guardo algunas piezas de losa inglesa de mi madre. No hay cuencos ni sopera, pero quedan unos preciosos platos hondos que puse en circulación para las sopas y comida de olla.

Esos platos formaban parte de un juego completísimo que en mi casa natal nunca se guardó para las ocasiones. Se fue usando. Como resultado, una salsera divina —llevada una vez a la semana al almacén para traer dulce de leche— se hizo astillas en la calle, a pocos pasos de casa. Y las piezas grandes, ensaladeras, tasas de té y platos de postre se escurrieron de manos enjabonadas o fueron servidos en bandeja al piso.

Nunca se me ocurrió recuperar alguna parte de esa vajilla buscando en ferias o en casas de remate, hasta que un día tuve un encuentro inesperado con numerosas piezas del mismo modelo de losa, bastante lejos de Montevideo. Un sábado a mediodía estábamos caminando por Santo Antonio de Lisboa, en Floripa, y en una casa de playa convertida en tienda de antigüedades nos detuvimos a mirar la vidriera, a pesar de que el negocio ya había cerrado. Desde afuera pude ver, ocupando un lugar destacado sobre una mesa, por lo menos seis tazas de té con sus platitos, de estampado idéntico al mío. Qué pena: la casa cerrada, fin de semana, regreso a casa al día siguiente, material pesado y frágil para transportar, posiblemente caro. Tenía todo en mi contra. Miré mi soñado juego de té un rato más y retomamos la recorrida por el encantador pueblito de casas azorianas.

Esa losa de fondo amarillo pálido de mi familia había tenido un uso curioso cuando todavía se mantenía completa. Una tía se la pedía a mi madre para celebraciones especiales de la iglesia, cuando ella cocinaba exquisiteces y quería que lucieran sobre manteles de hilo.

Ahora lució con un rico guiso de lentejas en uno de los primeros días fríos de este otoño. Allí le mostré a Enrique cómo algunos platos conservan las iniciales de mi madre en el reverso, el recaudo para que a las mujeres de la iglesia no se les dificultara devolverlos.

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