Ocio de novela

Imagen del artista belga Bardula

A estos larguísimos meses de teletrabajo y aislamiento en casa se sumó una mayor carga de tareas domésticas para la mayoría de las mujeres. En ese mar interminable encontré islas y abismos. Pasar la aspiradora, poner ropa a lavar, ventilar y tender la cama, ocuparse de los baños, no requiere mucho esfuerzo. Ya la limpieza de los vidrios va un paso más allá, no por complejidad de la tarea sino por la simple pereza de hacerlo. (Yo miraba los vidrios y los veía siempre limpios).

Todo lo anterior no me pesaba cumplir. Pero cuando llegaba la hora de la vajilla sucia sentía que había llegado el castigo, era como caer en un pozo. La lista de maldiciones y pensamientos negros que pasaban por mi mente no puedo rehacer, pero allí estaban. Hasta el día en que me acordé de La novela luminosa y su «Diario de la beca». Especialmente del pasaje sobre el «descubrimiento» de una forma ociosa de lavar los platos. ¿Qué hacía el amigo Levrero enfrentado a varios días de cocina sucia? Permitir que esa tarea fuera la más importante del mundo en ese momento. Olvidarse de la computadora, de la escritura, de los juegos on line, del Visual Basic. Concentrarse solo en los cacharros. Claro que Levrero los lavaría a las seis de la mañana, después de apagar su equipo y terminar la jornada, en tanto yo lo hago dos veces al día en horarios de computadora siempre a la espera.

Bueno, esa vez decidí encarar el lavado de forma levreriana y funcionó, casi al pie de la letra. No fue precisamente ocio lo obtenido, pero no me costó mucho apartar todo otro interés de mi mente mientras metía las manos en el agua tibia.

Con el paso de los días fui aportando piques personales al método, para mejorar todavía más el resultado: seguimiento de la respiración (tipo meditación), postura corporal relajada, hombros hacia atrás, músculos de la cara flojos. Notable, no abandono más la técnica.

De paso me desmarqué de las otras mujeres enclaustradas del edificio: de la señora obesa de espalda encorvada que se mueve con dificultad frente a la ventana y de la mujer pálida muy preocupada por la privacidad, la que se asoma a tender la ropa con movimientos apurados y enseguida cierra la ventana y corre la cortina. En estos tiempos en que nos vemos mucho más seguido, solo separadas por un patio interior, las tres en los «cuidados pequeños», yo debo ser la inútil del quinto que pierde una hora entera para lavar cuatro platos.

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